martes, 22 de octubre de 2013

calacas







¿Quiénes somos?
¿lo mágico que sucede después de la vida?
Un incoloro destello se ve a través de sus ojos.
Antes de morir, les brillan, incesantemente…
y se apagan.

¿Quiénes somos?
¿el desmayo fulminante que traspasa la fría rutina?
el alivio de acabar con días repetidos,
como eternos domingos…
que expiran con la dicha de la madrugada.

¿Quiénes somos?
¿una secuencia repetitiva que abate 
esperanzas, sueños… que se lleva los miedos?
arrastramos cuerpos, multiplicamos almas
y en el inframundo transcurren impávidas.

¿Quiénes somos?
¿la imagen amarilla que descarta cualquier firmeza?
un cordel de ese mismo color sostiene la vigilia
y repentinamente el espíritu desaparece de esta carretera
suplicando antes… una y otra vez, la nueva despedida.

¿Quiénes somos?
¿un firmamento dulce que apaña la tristeza?
el dolor termina en un segundo… tímido, aunque punzante
y un indoloro respiro concluye la agonía.

¿Quiénes somos?
¿las que algunos esperan con dolorosa resistencia?
Dos victoriosas, de capas pesadas 
que vamos caminando…
nuestros caballos esperan.

¿Quiénes somos?
¿la respuesta de los que no quieren prolongar su existencia?
ellos no saben lo que la epifanía les trae
el delirio de su incertidumbre es nuestra eterna certeza.

Lo que somos
está oculto dentro de nuestros huesos
es un polvo brillante que enceguece
lo robamos cuando sus ojos se apagan.

viernes, 13 de septiembre de 2013

De noche

Llego a su apartamento, que está dentro de una casa extraña y lejana de lo convencional de su vida, en donde el buen gusto marcaba cada una de sus elecciones mobiliarias, dentro del rango de la estética que corresponde a la época en la que él vive y sobretodo a esas pequeñas sintonías de las que más adelante muchos se apropian.

Una habitación pequeña me sorprende y mi único interés es explorar cada uno de sus secretos, espacios y olores. Un paseo por los detalles que descuidadamente transformaban esa habitación en una riqueza visual y emotiva para mi.

Me siento en su cama doble, que algún día espera ser habitada por más de una persona. Allí se encuentran extendidos, sacos de colores que me recuerdan el mundo que descubrí una noche, cuando él estiraba su mano para saludarme y hacerme ver que su rostro, mirada y tamaño eran exactamente lo que yo seguía buscando y así lo encontré en él. Perseguí con mi nariz esas prendas, con la consternación de quien quiere albergar un olor para siempre y en secreto; en obstinación por guardar en la memoria del alma esos pequeños detalles que el cerebro olvida.

Traspaso la puerta y me encuentro con la bañera, en un espacio desgastado que me recuerda lugares pálidos en los que alguna vez estuve, con la esperanza de alcanzar mi propia independencia. La cortina verde del baño me asusta por su espesor y poca relación con esos colores fantásticos que encontré en su cama. Me sorprende aún más, ver el tamaño de la ducha, tan diminuto para ese cuerpo alto y ancho, y lo imagino moviéndose torpemente a través de las baldosas descoloridas; un cuerpo desnudo, voluminoso y blanco, moldeado por los dolores que no permiten acercar nuevos espíritus que le prometen la dicha y plenitud que no obtuvo en el pasado.

Salgo del baño y vuelvo a su habitación. De frente está un armario de madera desgastada. En sus puertas hay adhesivos de varios grupos musicales; reconozco a la mayoría y me apresuro a abrir la puerta. Me encuentro con otro lado de su personalidad. Ropa elegante, como si asistiera a matrimonios, o tal vez a muchos funerales, por la simpleza de los vestidos en colores planos, con un diseño sutil y nada parecido a todos los colores informales y brillantes que había esparcidos por su cama. Curiosamente hay también ropa de una mujer, aproximadamente de 60 años. Sacos de solapas anchas y faldas que parecían ser usadas justo debajo de la rodilla, si la señora en cuestión no es tan alta. Siento un poco de alivio al darme cuenta que en ese apartamento no lo acompaña una mujer joven, y que todavía puedo proteger la esperanza de su soltería, a sus treinta años recién cumplidos.

Sigilosamente doy por terminada la visita a su espacio, revisando que ningún objeto estuviera fuera del lugar donde lo había encontrado. Si él se fija mucho en los detalles, tal vez se daría cuenta que alguien entró a su casa ¿en qué momento? ¿con cuáles llaves? ¿debería cambiar las guardas de la puerta y dejarme con la agonía de no saber más sobre sus cosas?. No creo que los objetos hayan mudado tanto de lugar como para que pueda hacerse cualquier cuestionamiento a su regreso.

Por ahora me marcho, con nostalgia de verlo desde lejos, tras una ventana, en el reflejo de un espejo, sobre la luz incesante de un escenario o tal vez de frente, como aquella noche cuando él estiraba su mano para saludarme y hacerme ver que su rostro, mirada y tamaño eran exactamente lo que yo seguía buscando.

Al salir de esa casa, corro por las sombras de la noche, escapando de una realidad que ya no es la mía, porque mi vida necesita ser conquistada por una buena compañía, al compás de una luz cálida en donde caminando, seamos dos.

viernes, 30 de agosto de 2013

Perro de ciudad, corazón de vereda



Vida de perros la que se dió Jonás, un cachorro de 3 meses de vida que nació en una casa del barrio Santa Isabel, en medio de una camada de seis y cuya madre era Maya, una perra blanca gigantesca. Jonás era el menor y no sabía con qué suerte correría su vida al ser llevado con una nueva familia. Su dueña buscó alguien que lo quisiera, le diera amor y comida suficiente. Llegó a una casa en el centro de Bogotá y efectivamente encontró entre tanto afecto, una terraza grande, su propia casa de techo verde y un gran parque al que podía salir cuando su nueva ama sacaba de un cajón, un gran collar rojo; símbolo de caminata, olor a pasto, a tierra mojada y a orines de distintos caninos que también paseaban por este gran camino verde de felicidad y diversión.

Pasaban los días para Jonás en medio de grandes esperas, ya que su dueña estudiaba y llegaba cada noche a sacarlo a pasear. Con el tiempo, Jonás empezaba a aburrirse y su mirada cada vez era más triste. Su ama empezó a sentir que él ya no era feliz en aquella casa y decidió llevarlo a la finca de su abuela, linda morada para un peludo de cuatro patas. Allí volvió a "sonreir" y aunque ella lo extrañaba; el sol y la compañía de otros animales hizo que sus días cambiaran y pudo conquistar veredas, fincas, ríos y montañas con su finísimo olfato y sus fuertes dientes que mordían con facilidad los huesitos que se comía en cada sopa que preparaban para él y otros perros del lugar.

Un día, Jonás salió de la finca en busca de nuevas aventuras, sin esperar ser atacado por un grupo de canes que pretendían a una perra de otra vereda. Nunca más volvió a la finca, su ama bogotana no tuvo más noticias de él, solo el recuerdo de sus ladridos, sus orejas felpudas y la creencia de que al morir, los perros prefieren alejarse de sus amos, como símbolo de agradecimiento por tantos años de amor.