viernes, 30 de agosto de 2013
Perro de ciudad, corazón de vereda
Vida de perros la que se dió Jonás, un cachorro de 3 meses de vida que nació en una casa del barrio Santa Isabel, en medio de una camada de seis y cuya madre era Maya, una perra blanca gigantesca. Jonás era el menor y no sabía con qué suerte correría su vida al ser llevado con una nueva familia. Su dueña buscó alguien que lo quisiera, le diera amor y comida suficiente. Llegó a una casa en el centro de Bogotá y efectivamente encontró entre tanto afecto, una terraza grande, su propia casa de techo verde y un gran parque al que podía salir cuando su nueva ama sacaba de un cajón, un gran collar rojo; símbolo de caminata, olor a pasto, a tierra mojada y a orines de distintos caninos que también paseaban por este gran camino verde de felicidad y diversión.
Pasaban los días para Jonás en medio de grandes esperas, ya que su dueña estudiaba y llegaba cada noche a sacarlo a pasear. Con el tiempo, Jonás empezaba a aburrirse y su mirada cada vez era más triste. Su ama empezó a sentir que él ya no era feliz en aquella casa y decidió llevarlo a la finca de su abuela, linda morada para un peludo de cuatro patas. Allí volvió a "sonreir" y aunque ella lo extrañaba; el sol y la compañía de otros animales hizo que sus días cambiaran y pudo conquistar veredas, fincas, ríos y montañas con su finísimo olfato y sus fuertes dientes que mordían con facilidad los huesitos que se comía en cada sopa que preparaban para él y otros perros del lugar.
Un día, Jonás salió de la finca en busca de nuevas aventuras, sin esperar ser atacado por un grupo de canes que pretendían a una perra de otra vereda. Nunca más volvió a la finca, su ama bogotana no tuvo más noticias de él, solo el recuerdo de sus ladridos, sus orejas felpudas y la creencia de que al morir, los perros prefieren alejarse de sus amos, como símbolo de agradecimiento por tantos años de amor.
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