viernes, 13 de septiembre de 2013

De noche

Llego a su apartamento, que está dentro de una casa extraña y lejana de lo convencional de su vida, en donde el buen gusto marcaba cada una de sus elecciones mobiliarias, dentro del rango de la estética que corresponde a la época en la que él vive y sobretodo a esas pequeñas sintonías de las que más adelante muchos se apropian.

Una habitación pequeña me sorprende y mi único interés es explorar cada uno de sus secretos, espacios y olores. Un paseo por los detalles que descuidadamente transformaban esa habitación en una riqueza visual y emotiva para mi.

Me siento en su cama doble, que algún día espera ser habitada por más de una persona. Allí se encuentran extendidos, sacos de colores que me recuerdan el mundo que descubrí una noche, cuando él estiraba su mano para saludarme y hacerme ver que su rostro, mirada y tamaño eran exactamente lo que yo seguía buscando y así lo encontré en él. Perseguí con mi nariz esas prendas, con la consternación de quien quiere albergar un olor para siempre y en secreto; en obstinación por guardar en la memoria del alma esos pequeños detalles que el cerebro olvida.

Traspaso la puerta y me encuentro con la bañera, en un espacio desgastado que me recuerda lugares pálidos en los que alguna vez estuve, con la esperanza de alcanzar mi propia independencia. La cortina verde del baño me asusta por su espesor y poca relación con esos colores fantásticos que encontré en su cama. Me sorprende aún más, ver el tamaño de la ducha, tan diminuto para ese cuerpo alto y ancho, y lo imagino moviéndose torpemente a través de las baldosas descoloridas; un cuerpo desnudo, voluminoso y blanco, moldeado por los dolores que no permiten acercar nuevos espíritus que le prometen la dicha y plenitud que no obtuvo en el pasado.

Salgo del baño y vuelvo a su habitación. De frente está un armario de madera desgastada. En sus puertas hay adhesivos de varios grupos musicales; reconozco a la mayoría y me apresuro a abrir la puerta. Me encuentro con otro lado de su personalidad. Ropa elegante, como si asistiera a matrimonios, o tal vez a muchos funerales, por la simpleza de los vestidos en colores planos, con un diseño sutil y nada parecido a todos los colores informales y brillantes que había esparcidos por su cama. Curiosamente hay también ropa de una mujer, aproximadamente de 60 años. Sacos de solapas anchas y faldas que parecían ser usadas justo debajo de la rodilla, si la señora en cuestión no es tan alta. Siento un poco de alivio al darme cuenta que en ese apartamento no lo acompaña una mujer joven, y que todavía puedo proteger la esperanza de su soltería, a sus treinta años recién cumplidos.

Sigilosamente doy por terminada la visita a su espacio, revisando que ningún objeto estuviera fuera del lugar donde lo había encontrado. Si él se fija mucho en los detalles, tal vez se daría cuenta que alguien entró a su casa ¿en qué momento? ¿con cuáles llaves? ¿debería cambiar las guardas de la puerta y dejarme con la agonía de no saber más sobre sus cosas?. No creo que los objetos hayan mudado tanto de lugar como para que pueda hacerse cualquier cuestionamiento a su regreso.

Por ahora me marcho, con nostalgia de verlo desde lejos, tras una ventana, en el reflejo de un espejo, sobre la luz incesante de un escenario o tal vez de frente, como aquella noche cuando él estiraba su mano para saludarme y hacerme ver que su rostro, mirada y tamaño eran exactamente lo que yo seguía buscando.

Al salir de esa casa, corro por las sombras de la noche, escapando de una realidad que ya no es la mía, porque mi vida necesita ser conquistada por una buena compañía, al compás de una luz cálida en donde caminando, seamos dos.

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