Llego a su apartamento, que está dentro
de una casa extraña y lejana de lo convencional de su vida, en donde el buen
gusto marcaba cada una de sus elecciones mobiliarias, dentro del rango de la
estética que corresponde a la época en la que él vive y sobretodo a esas
pequeñas sintonías de las que más adelante muchos se apropian.
Una habitación pequeña me sorprende y mi
único interés es explorar cada uno de sus secretos, espacios y olores. Un paseo
por los detalles que descuidadamente transformaban esa habitación en una
riqueza visual y emotiva para mi.
Me siento en su cama doble, que algún
día espera ser habitada por más de una persona. Allí se encuentran extendidos,
sacos de colores que me recuerdan el mundo que descubrí una noche, cuando él
estiraba su mano para saludarme y hacerme ver que su rostro, mirada y tamaño
eran exactamente lo que yo seguía buscando y así lo encontré en él. Perseguí
con mi nariz esas prendas, con la consternación de quien quiere albergar un
olor para siempre y en secreto; en obstinación por guardar en la memoria del
alma esos pequeños detalles que el cerebro olvida.
Traspaso la puerta y me encuentro con la
bañera, en un espacio desgastado que me recuerda lugares pálidos en los que
alguna vez estuve, con la esperanza de alcanzar mi propia independencia. La cortina
verde del baño me asusta por su espesor y poca relación con esos colores fantásticos
que encontré en su cama. Me sorprende aún más, ver el tamaño de la ducha, tan
diminuto para ese cuerpo alto y ancho, y lo imagino moviéndose torpemente a
través de las baldosas descoloridas; un cuerpo desnudo, voluminoso y blanco,
moldeado por los dolores que no permiten acercar nuevos espíritus que le
prometen la dicha y plenitud que no obtuvo en el pasado.
Salgo del baño y vuelvo a su habitación.
De frente está un armario de madera desgastada. En sus puertas hay adhesivos de
varios grupos musicales; reconozco a la mayoría y me apresuro a abrir la
puerta. Me encuentro con otro lado de su personalidad. Ropa elegante, como si
asistiera a matrimonios, o tal vez a muchos funerales, por la simpleza de los
vestidos en colores planos, con un diseño sutil y nada parecido a todos los
colores informales y brillantes que había esparcidos por su cama. Curiosamente hay
también ropa de una mujer, aproximadamente de 60 años. Sacos de solapas anchas
y faldas que parecían ser usadas justo debajo de la rodilla, si la señora en
cuestión no es tan alta. Siento un poco de alivio al darme cuenta que en ese
apartamento no lo acompaña una mujer joven, y que todavía puedo proteger la
esperanza de su soltería, a sus treinta años recién cumplidos.
Sigilosamente doy por terminada la
visita a su espacio, revisando que ningún objeto estuviera fuera del lugar
donde lo había encontrado. Si él se fija mucho en los detalles, tal vez se
daría cuenta que alguien entró a su casa ¿en qué momento? ¿con cuáles llaves?
¿debería cambiar las guardas de la puerta y dejarme con la agonía de no saber
más sobre sus cosas?. No creo que los objetos hayan mudado tanto de lugar como
para que pueda hacerse cualquier cuestionamiento a su regreso.
Por ahora me marcho, con nostalgia de
verlo desde lejos, tras una ventana, en el reflejo de un espejo, sobre la luz
incesante de un escenario o tal vez de frente, como aquella noche cuando él
estiraba su mano para saludarme y hacerme ver que su rostro, mirada y tamaño
eran exactamente lo que yo seguía buscando.
Al salir de esa casa, corro por las sombras de la noche,
escapando de una realidad que ya no es la mía, porque mi vida necesita ser
conquistada por una buena compañía, al compás de una luz cálida en donde caminando,
seamos dos.
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