sábado, 21 de junio de 2014

Poema Sanador

Que tu corazón te acompañe
en la salida del sol 
o cuando la luna te persiga en las noches de verano
esas calientes que te dejan el recuerdo
de tu abrigo olvidado en un vagón.

Que tu corazón te guíe
por caminos en donde pises hojas de otoño
y una sonrisa se dibuje en tus grandes ojos.

Que tu corazón te guíe.
Cuando la pasión disminuya
él te despierta y casi que te grita
...entonces tu amor propio empieza a recorrer nuevos caminos.

Que tu corazón esté siempre
pegado a tu pensamiento
porque ya no debes decir
"tengo razón" sino "tengo corazón".

jueves, 12 de junio de 2014

Te quiero

Te quiero
en desorden, al escuchar la lluvia
o una canción con acento francés...

Te quiero a deshoras o cuando apunta la madrugada.
Te quiero a oscuras, con mis pupilas dilatadas
por un cansancio extremo o la fatiga de la desconfianza.

Te quiero, ciega, pero con fortaleza...
esa que me alcanza para tener la dignidad
de no llamarte y nunca buscarte,
para que mi historia no sea igual
y entonces sanar.

Buscar la victoria desde el amor
y sin desesperanza.

Te quiero en desorden y a punto de llamarte
para escuchar tu sonora y cálida voz... 
que llena, alivia y deja entrecortados suspiros.

Tu canto tras la puerta o el temblor de mis piernas.

Da igual, ya no nos reconocemos.
Cada uno camina en paralelo... no coincidimos.

Te quiero, en desorden. 
Eso me hace perderte... y encontrarme. 

sábado, 8 de febrero de 2014

Sinfonía sin fin

“No le tengo miedo a la muerte, porque es una mujer”. Emilio “El Indio” Fernández.


La noche del dos de noviembre, Toribio recorría como cada año era costumbre, el centro de Coyoacán hasta llegar al cementerio. Con un  ritual casi mágico, disponía las flores de muerto en el sepulcro de su difunta esposa Maura Campuzano, (dueña de Yautepec, el vivero más grande de Distrito Federal), formando un círculo tupido y en la mitad, una gran vela blanca. Las únicas plantas que Toribio soporta después de la partida de Maura, son con las que cada año arregla cuidadosamente en su tumba.

En medio las ofrendas, de las luces calientes y amarillas que rodeaban el lugar, apareció una mujer casi de la misma estatura de quien había sido su compañera por más de 35 años. Estaba vestida con un traje azul petróleo y en su mano, un hermoso violín, que por el brillo de su material, reflejaba la luna resplandeciente en la profundidad del cielo.

‘Vendo canciones a 50 pesos’ dijo la mujer agachándose para alcanzar con su voz, el oído de Toribio. ‘No las necesito’ respondió sin mirarla. ‘Después de la partida de mi esposa, no escucho música… mi corazón se lastima fácilmente con cualquier tonada, por pequeña que sea’.

La mujer se hizo a un lado, esperando silenciosa y pacientemente a que Toribio terminara su ritual. Una vez la tumba quedó adornada con las flores naranja y algunas ofrendas como la comida y licores preferidos de su amada esposa, el hombre se fue caminando cerca a otros sepulcros agasajados con panes de muerto y bellas calaveras que representaban lo que el mundo inmaterial no permite volver tangible.

Al salir del cementerio caminó de nuevo por la plaza, atravesándola. Le llamó la atención, unas pequeñas luces que titilaban en el gran jardín de la esquina, justo al frente de su casa. Sin embargo, siguió con prisa hasta entrar a su escondite de balcones azules, en donde la soledad era perpetua.

Acostado en su cama, entre sueños escuchaba el sonido de un violín que entonaba la última canción que escuchó con su esposa, un día antes de su muerte:

“Niña cuando yo muera,
no llores sobre mi tumba,
cántame un lindo son, ay mamá…
cántame La Sandunga.

No me llores, no.
No me llores, no…
porque si lloras, yo peno.
En cambio si tu me cantas
yo siempre vivo y nunca muero…”

Un poco más despierto y en medio de la oscuridad, abrió atentamente los ojos, tal vez esperando con este gesto, afinar un poco más su oído. Se asomó al balcón y en medio de la calle iluminada, estaba la misma mujer tocando maravillosamente el violín… La música se detuvo y ella extendió su mano, sonrió y la movió de un lado a otro, en señal de despedida.


viernes, 7 de febrero de 2014

Neón

Anoche soñé
que borracho estabas
y me mirabas con culpa.
De esa que se siente
cuando el corazón está en una órbita
y el cuerpo en otra.

Tal vez tu cuerpo está en el campo
con los pajaritos, un perro gris,
flores naranja y el sol apabullante
...y tu corazón esté conmigo
palpitando al ritmo de un baile cercano
del que nunca hemos sido testigos
porque tú solo escribes, no bailas.

En mi sueño sonreías
borracho, en un amplio salón
con luces de neón fucsia
y una piscina en la mitad.

Como en realidad jamás pasaría
tu cuerpo se mecía mareado
y tus brazos colgaban de mi cuello.

En mi sueño bailabas, me mirabas
y borracho como en realidad jamás estarías
me besabas.

En mi sueño vivías en una pequeña habitación
con una puerta de madera, lujosa.
En  su interior había guitarras, tres butacas
y cuatro personas.
Me preguntaba si era tu propia habitación
o la pediste prestada para salir a bailar.

En mi sueño como en realidad jamás pasaría
me preguntabas, ¿me amas?.