“No le tengo miedo a la
muerte, porque es una mujer”. Emilio “El Indio” Fernández.
La noche del dos de noviembre, Toribio
recorría como cada año era costumbre, el centro de Coyoacán hasta llegar al
cementerio. Con un ritual casi mágico,
disponía las flores de muerto en el sepulcro de su difunta esposa Maura
Campuzano, (dueña de Yautepec, el vivero más grande de Distrito Federal),
formando un círculo tupido y en la mitad, una gran vela blanca. Las únicas
plantas que Toribio soporta después de la partida de Maura, son con las que
cada año arregla cuidadosamente en su tumba.
En medio las ofrendas, de las luces
calientes y amarillas que rodeaban el lugar, apareció una mujer casi de la
misma estatura de quien había sido su compañera por más de 35 años. Estaba
vestida con un traje azul petróleo y en su mano, un hermoso violín, que por el
brillo de su material, reflejaba la luna resplandeciente en la profundidad del
cielo.
‘Vendo canciones a 50 pesos’ dijo la
mujer agachándose para alcanzar con su voz, el oído de Toribio. ‘No las necesito’
respondió sin mirarla. ‘Después de la partida de mi esposa, no escucho música…
mi corazón se lastima fácilmente con cualquier tonada, por pequeña que sea’.
La mujer se hizo a un lado, esperando
silenciosa y pacientemente a que Toribio terminara su ritual. Una vez la tumba
quedó adornada con las flores naranja y algunas ofrendas como la comida y licores
preferidos de su amada esposa, el hombre se fue caminando cerca a otros
sepulcros agasajados con panes de muerto y bellas calaveras que representaban
lo que el mundo inmaterial no permite volver tangible.
Al salir del cementerio caminó de
nuevo por la plaza, atravesándola. Le llamó la atención, unas pequeñas luces
que titilaban en el gran jardín de la esquina, justo al frente de su casa. Sin
embargo, siguió con prisa hasta entrar a su escondite de balcones azules, en
donde la soledad era perpetua.
Acostado en su cama, entre sueños escuchaba
el sonido de un violín que entonaba la última canción que escuchó con su
esposa, un día antes de su muerte:
“Niña
cuando yo muera,
no
llores sobre mi tumba,
cántame
un lindo son, ay mamá…
cántame
La Sandunga.
No
me llores, no.
No
me llores, no…
porque
si lloras, yo peno.
En
cambio si tu me cantas
yo
siempre vivo y nunca muero…”
Un poco más despierto y en medio de
la oscuridad, abrió atentamente los ojos, tal vez esperando con este gesto, afinar
un poco más su oído. Se asomó al balcón y en medio de la calle iluminada,
estaba la misma mujer tocando maravillosamente el violín… La música se detuvo y
ella extendió su mano, sonrió y la movió de un lado a otro, en señal de
despedida.
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