sábado, 8 de febrero de 2014

Sinfonía sin fin

“No le tengo miedo a la muerte, porque es una mujer”. Emilio “El Indio” Fernández.


La noche del dos de noviembre, Toribio recorría como cada año era costumbre, el centro de Coyoacán hasta llegar al cementerio. Con un  ritual casi mágico, disponía las flores de muerto en el sepulcro de su difunta esposa Maura Campuzano, (dueña de Yautepec, el vivero más grande de Distrito Federal), formando un círculo tupido y en la mitad, una gran vela blanca. Las únicas plantas que Toribio soporta después de la partida de Maura, son con las que cada año arregla cuidadosamente en su tumba.

En medio las ofrendas, de las luces calientes y amarillas que rodeaban el lugar, apareció una mujer casi de la misma estatura de quien había sido su compañera por más de 35 años. Estaba vestida con un traje azul petróleo y en su mano, un hermoso violín, que por el brillo de su material, reflejaba la luna resplandeciente en la profundidad del cielo.

‘Vendo canciones a 50 pesos’ dijo la mujer agachándose para alcanzar con su voz, el oído de Toribio. ‘No las necesito’ respondió sin mirarla. ‘Después de la partida de mi esposa, no escucho música… mi corazón se lastima fácilmente con cualquier tonada, por pequeña que sea’.

La mujer se hizo a un lado, esperando silenciosa y pacientemente a que Toribio terminara su ritual. Una vez la tumba quedó adornada con las flores naranja y algunas ofrendas como la comida y licores preferidos de su amada esposa, el hombre se fue caminando cerca a otros sepulcros agasajados con panes de muerto y bellas calaveras que representaban lo que el mundo inmaterial no permite volver tangible.

Al salir del cementerio caminó de nuevo por la plaza, atravesándola. Le llamó la atención, unas pequeñas luces que titilaban en el gran jardín de la esquina, justo al frente de su casa. Sin embargo, siguió con prisa hasta entrar a su escondite de balcones azules, en donde la soledad era perpetua.

Acostado en su cama, entre sueños escuchaba el sonido de un violín que entonaba la última canción que escuchó con su esposa, un día antes de su muerte:

“Niña cuando yo muera,
no llores sobre mi tumba,
cántame un lindo son, ay mamá…
cántame La Sandunga.

No me llores, no.
No me llores, no…
porque si lloras, yo peno.
En cambio si tu me cantas
yo siempre vivo y nunca muero…”

Un poco más despierto y en medio de la oscuridad, abrió atentamente los ojos, tal vez esperando con este gesto, afinar un poco más su oído. Se asomó al balcón y en medio de la calle iluminada, estaba la misma mujer tocando maravillosamente el violín… La música se detuvo y ella extendió su mano, sonrió y la movió de un lado a otro, en señal de despedida.


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